Esa tarde entendí que cocinar también era una forma de volver
Hay momentos en los que uno se da cuenta de cuánto extraña un lugar sin haberlo pensado antes.
No pasa viendo fotos ni escuchando una canción.
A veces pasa en la cocina.
Esa tarde estaba preparando algo sencillo, casi automático, cuando un olor empezó a llenar el apartamento. Y de repente, sin buscarlo, estaba de vuelta en Colombia.
El plato que me devolvió a Colombia
No fue un plato complicado.
No era una receta para impresionar a nadie.
Era algo que había comido cientos de veces sin prestarle demasiada atención cuando vivía en Colombia.
Pero esa tarde, mientras lo preparaba en una cocina que está muy lejos de donde crecí, entendí algo: algunos sabores no solo alimentan. También te devuelven a lugares que creías haber dejado atrás.
El plato eran unas arepas de choclo.
Doradas por fuera, suaves por dentro, con ese punto dulce que siempre me ha parecido imposible de explicar del todo.
No eran sofisticadas ni buscaban impresionar a nadie. Pero en cuanto empezaron a cocinarse, el olor del maíz caliente me cambió el ánimo.
Fue una de esas veces en las que uno entiende que hay sabores que no solo alimentan: también acompañan, consuelan y devuelven a casa.

El maíz empezó a dorarse lentamente en la sartén.
Ese olor dulce, casi tostado, llenó la cocina en cuestión de minutos.
Mientras las volteaba, me di cuenta de algo curioso: llevaba años comiendo platos más complejos, trabajando con ingredientes de todas partes del mundo… pero algo tan simple como una arepa de choclo tenía la capacidad de detenerlo todo por un momento.
No era solo comida. Era memoria.
Tal vez por eso sigo cocinando estas cosas de vez en cuando.
No porque sean elaboradas.
Ni porque necesiten técnica.
Sino porque hay sabores que, de alguna forma extraña, siguen siendo una brújula.
Y a veces, volver a casa empieza simplemente con encender la estufa.
